Uncle Fletch

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Pocos conocemos la verdadera historia de la hamburguesa, pero nos ha acompañado en distintas ocasiones, desde almuerzos familiares, hasta altas horas de la noche. Es difícil resistirse a ellas y más aún si son tan deliciosas como la original, así son las de Uncle Fletch… ¡Irresistibles!

Hace casi dos años no existía en Santiago un local donde uno pudiese viajar realmente al corazón de Estados Unidos y más allá de sentir su cultura, experimentar el placer de una hamburguesa de verdad, la misma de la receta original.

 

Todos la amamos, pero pocos sabemos de dónde viene, eso fue lo primero que se preguntó Jérôme Reynes, empresario gastronómico y creador junto con su familia de Uncle Fletch, al momento de empezar a idear este proyecto. Ellos tenían como costumbre preparar hamburguesas caseras, además de armar viajes sibaritas para ir ampliando su mundo de sabores. Fue ahí cuando se dieron cuenta de que a Chile le faltaba algo: burgers de verdad.

 

No solo decidió poner un restaurante que le hiciera justicia a estas preparaciones, sino que lo mejor fue que él y su socio el francés Noel Di Giovanni se inspiraron en la historia de la primera hamburguesa para maquinarlo. Esta se remonta a Athens, Texas, alrededor de 1880, cuando Fletcher Davis –mejor conocido como Uncle Fletch– sirvió este plato a sus compañeros en la fábrica donde trabajaba como alfarero.

 

¿Pero qué es lo que caracteriza a esta preparación? Sin duda, su pan brioche, dulce y blandito recién horneado, y para qué hablar de la carne que es una mezcla de distintos cortes Hereford de 175 grs. que la familia Reynes demoró meses en desarrollar. Aquí nada es simple o al azar, todo está pensado para deleitar a quienes vengan a este lugar.

 

Su look es simplemente perfecto y es una suerte de viaje al interior de un país que se distingue por sus sabores golosos, la buena cerveza y sus cantinas que acogen a multitudes. Esta hamburguesería no solo hace un impresionante homenaje a la primera en su tipo, sino que además es digna de exportación, pues no tiene absolutamente nada que envidiarle a uno de esos preciosos restaurantes de Brooklyn.

 

Es un sitio que hay que visitar, con su look medio vintage industrial, paredes de ladrillo y uno que otro barril de cerveza. El ambiente invita a instalarse, porque es acogedor a más no poder. Para qué hablar de su gerente León (hijo de Jérôme Reynes) y su equipo, todos son un encanto y hacen que este lugar sea aún más sabroso, tanto así que dan ganas de volver una y otra vez. Todo es casero y juramos que no habrá mayor placer que saborear una de estas exquisiteces, los invito a comprobarlo, pero ojo, aquí se come con la “manito”…